|
Hasta hace un año Barack Obama era un completo desconocido para la mayoría de los norteamericanos y ahora hace historia al convertirse en el primer presidente negro de EE UU. Un hecho inimaginable para un país en donde 50 años atrás la segregación racial estaba institucionalizada en algunos estados del sur. Por Sergio Paz Murga
“Los negros no podíamos sentarnos al lado de los blancos en los autobuses o en la escuela. Ni pensar en ir a una universidad sin el temor de ser atacados”, declara Germaine Frenton, una afroamericana de 70 años y residente en Alabama.
“El sueño de Martin Luther King se ha hecho realidad y estoy feliz de verlo con mis propios ojos”, agrega emocionada.
Y no es la única. La Obamanía ha movilizado a un país entero que no veía una participación electoral tan alta desde los tiempos de John F. Kennedy.
Pero, ¿qué hay detrás de la victoria de Obama, un candidato por quien nadie apostaba y que ha originado el fenómeno político más importante de los últimos años? Aquí algunas de las claves.
La urgencia del cambio
Si Obama ha ganado es porque su campaña convenció al electorado con el mensaje de cambio que proponía. ¡CHANGE, CHANGE, CHANGE! Repetía el senador de Illinois en cada discurso que daba y en cada aviso publicitario en radio, televisión y prensa. El contexto, sin duda, ayudaba. Un país cansado de los ocho años del presidente Bush que sufrió un duro desgaste por las guerras en Iraq, Afganistán, el desastre por el huracán Katrina, la crisis económica, etc.
Obama quiere una retirada de las tropas en Iraq y una economía más regulada, con menos impuestos para la clase media y el fin de los beneficios a los ricos. Puede que no sean las mejores propuestas, pero el pueblo norteamericano está listo para darle una oportunidad.
Su inexperiencia como “ventaja”
Al comienzo de la campaña los analistas consideraron que la inexperiencia política de Obama pesaría en su contra a la hora de llegar a la Casa Blanca. Con sólo tres años en el Senado, el candidato demócrata no se había distinguido entre sus colegas y menos había liderado alguna comisión de importancia como política exterior y presupuesto.
Pero Obama le sacó la vuelta a la situación y aprovechó su inexperiencia para forjarse la imagen de candidato antisistema que odiaba los grupos de poder en la capital norteamericana. “Sé que no he pasado mucho tiempo en Washington, pero he estado allí el tiempo suficiente para saber que las cosas tienen que cambiar”, declaró en febrero.
Salto generacional en la política
El fenómeno Obama puede compararse con el que desató JFK a inicios de los sesenta, cuando supuso un cambio generacional en la política estadounidense dominada por los Truman, Nixon y Eisenhower.
Joven, carismático, y con una sonrisa siempre en su rostro, Obama hablaba, incluso, con los mismos gestos que utilizó Kennedy para cautivar a la audiencia. Él fue, sin dudas, una bocanada de aire fresco en la campaña, frente a un experimentado pero “viejo” McCain, de 72 años.
Un dato interesante es que estas elecciones son las primeras en 28 años en las que no figura en las papeletas de votación el apellido Bush ni Clinton.
La victoria sobre Hillary Clinton
Fue la prueba más dura que enfrentó durante la campaña pues la ex primera dama estadounidense era la favorita indiscutida dentro del Partido Demócrata y en las encuestas nacionales.
Obama bregó contra el status quo establecido y dio una lucha sin descanso durante los cinco meses que duraron las elecciones internas lo que hizo madurar su liderazgo. También fue importante que mantuviera la unidad del partido luego que eligiera a Joseph Biden como su vicepresidente, provocando la ira de los 18 millones de personas que votaron por Hillary. Con esta jugada, el senador de Illinois reforzó su plancha presidencial con una persona de reconocida experiencia en asuntos mundiales y no arriesgó la carta del cambio.
Los Clinton comprendieron, o más bien, dieron su brazo a torcer, y han hecho campaña junto a Obama en estados claves como Florida con la consigna de que un partido unido vale más que un orgullo herido.
El factor racial en el olvido
Puede que muchos hayan votado por Obama porque es negro, pero él nunca hizo del color de su piel un elemento clave para llegar a la Casa Blanca. Su discurso careció del tinte reivindicativo que ha caracterizado a otros candidatos afroamericanos como Jesse Jackson o Al Sharpton y que podían causar problemas en algunos sectores blancos de los estados del sur. “Más que negro soy estadounidense”, señaló Obama en una entrevista para la cadena CNN.
Su historia personal ayuda a comprender esta estrategia. Él no es descendiente de esclavos africanos en EE UU y su familia nunca se involucró en la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos en la época del presidente Johnson. Por el contrario, tuvo una educación elitista a la que sus hermanos de raza difícilmente pueden tener y por la que se criticó que era “más blanco que negro”.
Obama prefirió hacer a un lado el debate racial y pasar como un moderado que sabe que la mayoría de los estadounidenses apoyaría a un presidente negro. “Inclusión y no exclusión”, esa ese es mi lema, recaló.
Nuevos votantes, donantes y mucha tecnología
Alguien calificó a Obama como un producto de la globalización, y no podía tener más razón. Conscientes de la euforia que causaba el senador de Illinois, la campaña demócrata decidió promocionarlo como si se tratara de una Coca Cola política, y los primeros que cayeron fueron los jóvenes. Se utilizó mucha publicidad en radio, televisión y prensa, pero sobre todo, en internet, la gran arma del siglo XXI.
Datos oficiales hablan de un millón y medio de voluntarios que consiguieron tres millones de nuevos donantes que elevaron el costo de la campaña demócrata a US$ 800 millones. Una cifra récord que no han logrado ni las mayores estrellas del rock del mundo como Madonna o The Rolling Stones.
El dato
Obama es el tercer candidato de Illinois en llegar a la presidencia, después de Abraham Lincoln en 1860 y Ulisses Simpson Grant en 1869. Es el primer presidente que nació en Hawai. |