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Lo invitamos a sumergirse en un viaje alucinante por las tierras inexploradas de nuestro cerebro. Una aventura para descubrir las verdades y desterrar los mitos que ocultan los 1400 gramos de materia blanca y gris que se alojan en el cráneo del ser humano. Revista Nueva / Web
La próxima vez que, en una reunión de amigos, el engreído del grupo afirme con gesto de superación que “el ser humano sólo utiliza el 10% de su cerebro”, usted tendrá la oportunidad de echar por tierra la pedantería de su compañero y de refutarle con argumentos firmes que esa creencia no tiene ningún tipo de sustento científico. Lo mismo puede aplicar para aquellos que se jacten de escuchar a Mozart porque “los hace más inteligentes”.
Durante años, los conocimientos sobre el funcionamiento del cerebro se fueron sedimentando entre las creencias populares de la sociedad. Con el tiempo, la ciencia ha ido avanzando en la investigación neurológica y, en muchos casos, ha desterrado los mitos creados por aquellos primeros conocimientos. Sin embargo, esta actualización sólo sucede dentro del ámbito científico y no se traslada al conocimiento social, que continúa expandiendo y retroalimentando creencias y saberes erróneos.
Recientemente, un equipo del Hospital General de Massachusetts ha descubierto que la mente del hombre se compone por aproximadamente 400 pequeños órganos neuronales que, a su vez, se conectan con otros cinco, y que sus conexiones se entrecruzan. Es decir que, a pesar de las continuas investigaciones, el cerebro humano continúa siendo un misterio.
Aquí, un listado de mitos, verdades y creencias en un viaje hacia el interior del cerebro que ni Julio Verne ni Isaac Asimov hubieran dejado de hacer.
Usamos sólo el 10% del cerebro.
Nada más falso que esta afirmación. “De ser así, al remover un 90%, no deberíamos observar cambios. Es decir, funcionaríamos con 140 gramos de cerebro, casi como el de una oveja”, explica Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) y del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro. Si consideramos que todo lo que no se utiliza se pierde, entonces, a esta altura, ya deberíamos haber perdido gran parte de nuestro cráneo. “Quienes afirman esto desconocen la teoría darwiniana. Usamos el 100%, y con la evolución seremos cada vez más efectivos”, agrega Ricardo Allegri, director del Servicio de Investigación y Rehabilitación Neuro- psicológica del CEMIC. En este sentido, lo que sí es cierto es que la plasticidad de las conexiones nerviosas tienen,seguramente, un gran potencial que todavía no sabemos aprovechar. Lo positivo de este pensamiento es la creencia humana de que siempre podemos mejorar.
¿Es la inteligencia proporcional a los pliegues exteriores del cerebro?
El origen de esta idea remite a que, con la evolución del hombre, el número de circunvoluciones o relieves aumenta. Si bien hay autores que establecen esta relación, la literatura científica continúa debatiendo. El doctor Allegri ofrece su mirada a través de un ejemplo. “El médico de Einstein estudió el cerebro del científico. En un principio, cuando fue evaluado, se encontró con que su peso era menor que el promedio para la edad. Años después, se analizó la región parietal inferior izquierda (zona relacionada con la parte lógico-matemática) y se concluyó que los pliegues de esta zona cortical eran mucho más numerosos que en la mayoría de los mortales”. Igualmen- te, no hay nada definitivo. Manes, quien además es presidente del grupo de Investigación en Neurología Cognitiva de la Federación Mundial de Neurología, agrega que “todavía queda por investigar la relación entre la cantidad de tejido nervioso, el volumen de espacio que lo aloja y la inteligencia”.
La mitad izquierda del cerebro es la zona racional de la mente.
En cuestiones cerebrales, conviene siempre matizar las generalidades. Si bien el hemisferio izquierdo tiene cierta prevalencia en procesos ligados con el cálculo numérico y el pensamiento lógico, “no debemos olvidar que la forma en que pensamos es el resultado de las interacciones de múltiples circuitos distribuidos en el cerebro y entre los dos hemisferios, que trabajan simultáneamente”, indica Ezequiel Gleichgerrcht, investigador en neurociencias cognitivas de INECO. Continuando con los grises, Allegri concluye que “la racionalidad no depende del lado, sino de estructuras anteriores del cerebro”.
¿Somos cada vez más inteligentes?
Al parecer, somos más inteligentes que nuestros padres y abuelos, y así sucesivamente. “Se trata de un fenómeno denominado ‘Efecto Flynn’, que muestra que cada generación obtiene puntajes más altos en pruebas de inteligencia que su generación anterior. La hipótesis multifactorial pareciera ser la más acertada; en ella se consideran cambios como las mejoras en la nutrición, la tendencia a familias más reducidas y la mayor complejidad ambiental”, explica el director de INECO.
Las computadoras no pueden imitar completamente el funcionamiento cerebral.
Si bien las máquinas pueden realizar complejos cálculos matemáticos, no son capaces de distinguir un perro de un gato. Facundo Manes sostiene que “el cerebro tiene una capacidad plástica para remodelar sus circuitos que aún la tecnología no ha podido igualar”. Actualmente, hay un continuo desarrollo de la inteligencia artificial, pero la complejidad del cerebro excede a la computación.
¿Es posible la regeneración neuronal?
Después de tanto tiempo creyendo que las neuronas no se recuperaban, “desde hace décadas se sabe que el cerebro adulto es capaz de desarrollar nuevas neuronas”, afirma Diego Golombek, investigador del Departamento de Ciencia y Tecnología de la Universidad Nacional de Quilmes. Este descubrimiento se ha transformado en uno de los temas más controvertidos de las neurociencias, porque implica una gran dedicación para “aprovechar el potencial de beneficio de la posible regeneración neuronal”, asegura Manes.
¿Son efectivos los mensajes subliminales?
Publicidades escondidas en medio de escenas de grandes películas, mensajes peligrosos difundidos a través de publicidades. La pregunta es si realmente lo subliminal es registrado por el cerebro. El tema es polémico. Golombek asegura que “existen pruebas de que estas señales llegan en forma inconsciente al cerebro”. Si bien la psicología cognitiva todavía sigue buscando descomponer las propiedades del procesamiento subliminal, “actualmente, se sabe que incorporar información subliminalmente no es efectivo porque, debido a la velocidad con que se presentan los estímulos, no es posible interpretarlos de manera completa, sino como partes disgregadas”, señala Manes.
Es posible controlar el dolor a través del cerebro.
Facundo Manes señala que “el dolor se procesa en el cerebro, por lo tanto, puede disminuirse, así como una persona puede sentir dolor ante la ausencia de estímulos dolorosos”. Es importante aclarar que el dolor no está en el cerebro, sino que allí se encuentra su representación y que, por eso, varía en cada persona.
Cada vez que recordamos, reescribimos el recuerdo.
¿Recuerda hechos que jamás ocurrieron? No se preocupe, es normal que suceda. El hombre no recuerda como el Funes de Borges, sino que el ser humano accede a la simbolización. “Los recuerdos no se archivan en el cerebro como imágenes de la memoria, sino que se guardan conceptualmente. Por eso, cada nueva información incorporada a lo largo de la vida modifica los recuerdos”, explica Allegri.
Escuchar a Mozart no nos hace más inteligentes.
En 1993, dos científicos de la Universi- dad de Wisconsin describieron que la exposición de 36 estudiantes durante 10 minutos a la Sonata para dos pianos en Re mayor, de Mozart, tenía efectos positivos en las pruebas de razonamiento espacio-temporal. El efecto, publicado en la revista Nature, tenía una duración de 10 mi- nutos, pero el experimento nunca llegó nuevamente al mismo resultado. Al margen de la validez del estudio, el presunto “efecto Mozart” se utiliza para designar la influencia de la música sobre el comportamiento humano. Manes señala que “la música sinfónica e instrumental se utiliza en salas de hospitales, ante intervenciones quirúrgicas, en fábricas, en bibliotecas y en otros ambientes, y así se busca, según los casos, la relajación, la concentración, la memorización, la creatividad, el análisis. La música en sí misma puede fortalecer ciertos circuitos neuronales que contribuyen al funcionamiento cognitivo”.
La lógica no es el único método de razonamiento.
Cuando tomamos decisiones, realizamos una evaluación de aquello que será mejor en el largo plazo. “Muchas veces, nos encontramos eligiendo opciones que desde la lógica no resultan las más beneficiosas. Por eso, la forma en que funciona nuestro cerebro no puede simplificarse a proposiciones lógicas”, explica Gleichgerrcht. Lo cierto es que la realidad no siempre puede ser interpretada lógicamente, sino que se deben considerar otros criterios.
La tensión puede provocar una pérdida de memoria.
Así como podemos recordar hechos que nunca han sucedido, también podemos olvidar aquello que sí ha ocurrido. ¿Por qué? La respuesta se encuentra en la exposición a continuos picos de estrés que producen la liberación de ciertas sustancias en exceso, como el cortisol, que si bien en niveles moderados contribuye a consolidar la memoria, “las cantidades excesivas pueden resultar tóxicas y dejar un impacto negativo en la memoria”, afirma Manes. El estrés crónico puede, entonces, tener efecto sobre el hipocampo.
Nadie puede hacerse cosquillas a sí mismo.
Aunque lo intentemos una y mil veces, la misma intención se envía a un control motor que, en cierta forma, provoca que el sistema nervioso ya prevea el estímulo y no reaccione de la misma manera. Un grupo de la Universidad de Londres se ha dedicado al estudio de las cosquillas y ha descubierto que la respuesta se encuentra en el cerebelo. “Este órgano es capaz de predecir las sensaciones de nuestros propios movimientos; cuando uno intenta hacerce cosquillas, entonces, el cerebelo predice esta acción e inhibe las regiones destinadas a la respuesta”, explica Gleichgerrcht. Al contrario, sentimos cosquillas porque no podemos predecir los movimientos que otra persona realizará sobre nuestro cuerpo.
Se aprenden mejor los idiomas durante la infancia.
Enseñarle a un niño a hablar dos idiomas en sus primeros años puede ahorrarle algunos dolores de cabeza en el futuro. “Resulta beneficioso estar en contacto con idiomas desde que nacemos, debido a que en el primer período de nuestra vida vamos incorporando los fonemas de la lengua”, asegura el especialista del CEMIC. Aprender un segundo idioma durante la niñez es más sencillo, porque la plasticidad neuronal permite adquirir grandes volúmenes de información en un proceso prácticamente inconsciente y, por lo tanto, libre de la sensación de esfuerzo.
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