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Cuerpo y mente. Dos palabras que describen diferentes partes del ser humano. Pero ¿son en verdad tan distintas? Si para mover nuestro cuerpo usamos el poder de la mente, y nuestro cerebro es, en sí mismo, parte de nuestro cuerpo, ¿deberíamos referirnos a ellos como entidades separadas? Tales cuestiones fueron planteadas a fines del siglo XIX por Frederick Matthias Alexander, creador de un proceso de reeducación psicofísica muy popular en Europa: la Técnica Alexander (TA).
Desde entonces, muchas personas con dolor de espalda y tensión excesiva acuden a profesores de TA en todo el mundo, con excelentes resultados. En 1996, esta técnica fue incluida como tratamiento por la Seguridad Social inglesa, y muchas compañías de seguros la aceptan como tal en toda Europa y Estados Unidos. Entre sus adeptos, figuran personalidades como Aldous Huxley, George Bernard Shaw, Paul Newman o Jeremy Irons.
Sin embargo, y al contrario de lo que podría creerse, la Técnica Alexander no basa sus objetivos en la corrección postural. “Esta técnica ayuda a mejorar el uso que hacemos de nosotros mismos”, afirma Violeta Winograd, profesora de TA. “El ‘uso’ es un concepto fundamental. Nosotros no trabajamos desde la postura; ésta es solo una consecuencia del uso que uno hace de sí mismo. Cuando esto cambia, la postura también, entre otras cosas. Trabajamos en cómo uno va a hacer que su cuerpo funcione; es una reeducación de los hábitos”.
Desde el nacimiento, los seres humanos empezamos a explorar los complejos mecanismos que coordinan la mente y el cuerpo, a “usarnos a nosotros mismos”. Sin embargo, como adultos raramente pensamos o prestamos atención a cómo hacemos las cosas. Una vez aprendido algo, su pauta neuromotora se hace automática. De este modo, hábitos inconscientes se van colando en nuestra forma de operar. Y no sólo interfieren en nuestra capacidad de dar respuestas adecuadas a la realidad, sino que están en la base de nuestros síntomas: mal funcionamiento, dolor crónico, tensión y rigidez, dificultades de aprendizaje, estrés.
Según Alexander, la salud mental, el bienestar físico y la creatividad requieren de una coordinación consciente de nuestra mente y cuerpo, en todo lo que hacemos. Por ello, su técnica es una disciplina mente-cuerpo: al ser consciente de cómo uno se mueve, se puede ver el efecto de los patrones de pensamiento en el movimiento, y modificarlos.
Así, la TA parte del sentido común: “Lo maravilloso de esta técnica es que no tiene vueltas: es simple y directa”, afirma Winograd. “No hay esoterismo ni ideas o creencias que uno tenga que asumir previamente. Se parte de que tenemos un cuerpo, músculos y un cerebro”.

F.M. Alexander, “el hombre que respira”
La responsabilidad sobre el uso que hacemos de nuestro propio cuerpo es otra de las claves de este método. Desde este punto partió Alexander cuando, sin saberlo, comenzó a desarrollarlo.
Frederick Matthias Alexander nació en Tasmania (Australia) en 1869. F.M., como suele llamárselo, era un actor que se especializó en dar recitales teatrales en solitario. Tras unos años de actuar con cierto éxito, empezó a tener problemas con su voz. Después de las funciones, padecía de ronquera, una situación muy comprometida para cualquier actor. Visitó foniatras y médicos de la época, sin obtener un remedio efectivo. Finalmente, con la ayuda de un espejo, empezó a observar qué hacía a la hora de recitar. Se dio cuenta de que antes de empezar a hablar, su cabeza tendía a irse hacia atrás y provocaba una gran tensión en los músculos del cuello. Deprimía la laringe, el pecho se encorvaba hacia delante, tensionaba la espalda y hasta se ponía de puntillas.
Tras años de investigación, llegó a la conclusión que cambiaría su vida: lo que debía hacer era precisamente “dejar de hacer”. Dejar de producir esas tensiones que le provocaban la pérdida de la voz y que afectaban no sólo a su aparato vocal, sino a todo su cuerpo. Cuando conscientemente “dejaba de hacer”, es decir, de interferir con el funcionamiento natural de su cuerpo, éste recobraba su equilibrio, coordinación y libertad. Así descubrió algo crucial: la indivisibilidad del cuerpo y de la mente.
Cuando volvió a los escenarios, su presencia y su calidad de voz y de interpretación asombraron a sus compañeros. Pronto su fama se extendió por toda Australia. Con la recomendación de un famoso médico de la época, se trasladó a Londres, donde impartió lecciones a una larga lista de actores, médicos y gente de todo tipo que acudía a su consulta. Era conocido como “el hombre que respira” (“the breathing man”).
A los 75, Alexander padeció un derrame cerebral que le paralizó medio cuerpo. Se pensó que su fin estaba ya próximo. Al cabo de un año y medio, esta condición era prácticamente imperceptible. Había recuperado la movilidad de su cuerpo y la lucidez de sus
ideas. Siguió dando lecciones hasta dos semanas antes de morir, en 1955, cuando contaba ya con 86 años.
El efecto en los alumnos
En la Argentina, y en el resto mundo, el crecimiento de la Técnica Alexander ha sido lento, pero seguro. En este país hay una docena de profesores calificados, y cada vez más alumnos que acuden a ellos. “La técnica está muy difundida en el ámbito artístico”, cuenta Violeta Winograd. “Los músicos, actores, bailarines y cantantes necesitan su cuerpo para trabajar. Pero también hay muchísimos alumnos que vienen de otros ambientes: profesionales de todo tipo, abogados, arquitectos, cualquiera que tenga alguna dificultad. Con esta técnica, uno aprende algo que después aplica y que sirve para toda la vida”, afirma Winograd.
¿Cómo es una clase de Técnica Alexander? Es individual y dura cuarenta y cinco minutos, aproximadamente. En la lección, el profesor trabaja guiando el movimiento del alumno muy suavemente con sus manos, mientras da algunas instrucciones verbales. De este modo, facilita que éste adquiera una nueva conciencia corporal y sea capaz de detectar y reducir las tensiones y malos hábitos que interfieren en el mecanismo de su cuerpo. Poco a poco, y con movimientos muy suaves, el profesor ayuda a que el alumno aplique los principios de la técnica en la actividad cotidiana: sentarse, levantarse, andar, tomar o cargar cualquier objeto. En cada una de las acciones se pone siempre el acento en la reducción del esfuerzo.
“El ejercicio del alumno es mediante el pensamiento. Pensar qué puedo hacer menos para tener más espacio entre la cabeza y los pies, para tener más larga la columna, más anchos los hombros”, explica Winograd. “Dejar de hacer todo lo no que necesito para ver qué quiero hacer. Si quiero estirar un brazo, tengo que dejar de flexionarlo. Parece fácil, pero a mucha gente le cuesta soltarse y dejar de resistir algunos movimientos. La Técnica Alexander implica tomar responsabilidad sobre lo que nos pasa. Somos completamente ignorantes de nuestras propias capacidades de cambiar, de sacarnos un dolor. Pero hay un mundo de posibilidades que cada uno de nosotros puede generar
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